Llevaba ya varios años haciéndose la misma pregunta y no hallaba respuesta. En la mayoría de ocasiones la huía y focalizaba la atención en sus responsabilidades pendientes. Pasaba días encerrado trabajando, días enteros escuchando música y días distraídos entre afectos. Pero en cuanto tenía un instante de vacío, la tristeza le envolvía y esa irresoluta cuestión le desnudaba el alma. Una cálida noche concluyó que sería conveniente, por la importancia que tenía lo que estaba en juego, tratar de encontrar la respuesta. Buscó en motivaciones, ilusiones, proyectos y metas un resquicio de felicidad asegurada tras la obtención de algunas de éstas. Pero no, nada de esto le garantizaba lo más mínimo, pues un simple tropiezo le podía arrebatar todo ello. A falta de imaginación, decidió pedir ayuda. Sentado en la parada del metro le esperaba Félix. Ambos comenzaron su paseo mientras le explicaba con gran lujo de detalles de qué se trataba aquella dichosa pregunta que ni ...