Días

Escribir es mi válvula de escape. Ese momento en el que me enfrento ante un folio en blanco y sólo me queda más que ordenar mis ideas. A veces no sé pensar. Es tanta la información que recibo, tantos los estímulos visuales y, a la vez, el tiempo pasa tan rápido, que mi mente se aletarga. Demasiado ruido. También hay miedos. Parece que fue ayer cuando comencé con esto de escribir. A veces lo abandono por falta de inspiración, tampoco tengo claro cómo enfocarlo, simplemente escribo. 

Me dedico a la investigación porque descubrí que es la mejor forma que tengo para visitar cada día ese espacio de paz y sosiego en el que me encuentro cuando me enfrento a la tarea de hilar, con el mayor ingenio del que soy capaz, palabras que comuniquen, que relaten, que transmitan. No cualesquier cosa. Cuando decidí dedicarme a esto simplemente di respuesta a un grito que nacía de mis entrañas y que, a día de hoy, me sigue instigando a buscar lo bello, lo auténtico, lo genuino, lo verdadero. Creo que es a esto a lo único a lo que me dedico cada día de forma inconsciente; con cada uno de mis actos cotidianos aparentemente insustanciales se esconde un ansioso anhelo de verdad. 

De todas las citas habidas y por haber creo que me casé, ya hace tiempo, con aquella de Dostoyevsky que decía: "la belleza salvará al mundo"; y yo me pregunto: ¿qué sino? Lo bello me salva cada día, entonces todo merece la pena. No se trata de unos parámetros estéticos, es algo más profundo, con una hechura rica, luminosa, sin explicación. Y busco, busco y busco. Escribo hoy, porque he leído, con motivo de la festividad de santa Teresa, una frase que me ha interpelado, pues sintetiza aquello que llevo tiempo pensando: "la verdad padece, pero no perece". Me pesa el sufrimiento de la verdad, se le ha echado encima el relativismo, se le ha convertido en algo que se construye, sin existencia propia e independiente; se ha cosificado a la verdad. Es objeto de persecución, burla y antipatía. Por ello, cada día cuando escribo, un nudo en el estómago. No me van a dejar volar, pienso; me enterrarán antes de abrir la boca. Llegados a este punto, ya creo que no es ni la verdad sólo lo que peligra, sino el sentido común. Me aferro a la esperanza. Su naturaleza, la de la verdad, resiste a todo, sólo necesita de valientes que recuerden que ahí está, esperando ser acogida.

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