Microcuento
Amelia, un girasol toscano, estiraba cada mañana su tallo para lucir su hermosa y esbelta silueta ante su enamorado Lorenzo. Toda tímida ella, volvía su rostro hacía su penetrante mirada y así pasaban las horas: contemplándose el uno a otro. Cada tarde, con el crepúsculo, Lorenzo marchaba y la tristeza se apoderaba de ella. Harta de la aflicción sentida cada atardecer decidió acabar con ese sufrimiento. No volvió a mirarle. Y murió. Renunció a la luz que le daba la vida.