Sufría el conocido síndrome de Peter Pan, se alejaba de cualquier responsabilidad entre sonrisas y despistes ocultando así el temor a crecer. Le llamaban loca. A ella esto no le importaba pues justificaba así su ausencia de madurez. Se creyó feliz. Pero sólo por un tiempo. De modo que el creer no le llenó y decidió buscar al ser. Se centró en hacer lo que le apetecía, realizando pues alarde de la libertad que la propia vida le brindaba. No, tampoco le funcionó. Se obsesionó consigo misma, su vida comenzó a girar en un "yo, mi, me, conmigo" y comenzó la autodestrucción. Se dio de bruces con el egoísmo. Luchó, pero qué fuerza tenía sobre ella. Le dominaba. No pudo con él. Destruida cayó en la cuenta de cuánto mal había hecho ese síndrome que inofensivo creía, le había robado la vida. Se dijo "basta". Se organizó lo básico, y luchó por ser disciplinada. Sorprendida se quedó al ver, que el obligarse a emprender en cada momento lo que le correspondía, enfrentándose a ca...