Inspiración
Cuenta la leyenda que Miguel Ángel, al llegar el mediodía, dejaba sus pinceles para partir hacia la costa. Allí, se descalzaba y sintiendo la arena en sus pies cansados, miraba al mar. Sencillamente, miraba el mar. Un día, un pescador que llevaba ya tiempo observándolo jornada tras jornada, con voz temblorosa le preguntó qué hacía, por qué miraba el mar de esa forma. Miguel Ángel con una sonrisa tímida le contestó, estoy trabajando. 4 años más tarde, la Capilla Sixtina desbordaba de color. Su virtuosismo no se sostuvo en el manejo de pinceles; sino, más bien descansó en la creada belleza del amor.